El cuadro, con sus pinceladas carmesí, con su collage de pelos rubios, es hermo-so. No pretendan que lo catalogue, tal vez sea, surrealismo, van¬guardista, o tal vez ba-rroco, ni idea, no soy una conocedora de cómo se cataloga el arte. Soy una artista. Sin duda, esta es mi mejor obra. Teniendo en cuenta el tiempo que me tomo, no podía ser de otra manera.
Dieciocho hombres posaron para mí. Dieciocho perfectos especimenes del con-cepto de virilidad y belleza de nuestra sociedad. Me movía de ciudad en ciudad. Diecio-cho ciudades. Buscándolos, trabajando en cuartos alquilados. Dieciocho cuartos. Una prueba en cada ciudad. No entendían mi arte, no me entendían a mí, solo querían im-presionarme. Cuando veían mi manera de trabajar, lloraban, gritaban, se asustaban, se orinaban encima. Inútiles, inútiles, inútiles, inútiles, inútiles, inútiles, inútiles, inútiles, inútiles, inútiles, inútiles, inútiles, inútiles, inútiles, inútiles, inútiles, inútiles, inútiles. Dieciocho fracasos.
Desconsolada volví a Buenos Aires, a mi propio departamento. Descubrí, que en este tiempo que estuve afuera, tenia un nuevo vecino. Debo admitir que al principio, no le di importancia, apenas me fije en él. Era lo contrario a todo lo que buscaba. Pero por suerte, el se fijo en mi. Empezó con un hola, luego con un ¿Cómo estas? Y luego siguió un romance. Yo enamorada. Me abrí a él. Le conté mis sueños, mis secretos y mi amor por el arte. Aunque éramos diferentes, nos complementábamos a la perfección. Aunque no compartiéramos ideas o ideales, nos entendíamos y aceptábamos.
Decidí contarle que había estado haciendo los meses que mi departamento estu-vo vacío. No se inmutó, en cambio, me sonrió. Se levantó de la cama, desnudo, con su físico irrisorio, fue a mi estudio y tomó uno de mis pinceles, volvió a mi cuarto y cerró las persianas. Mojó el pincel con un poco de su propia tinta, sin inmutarse, y realizo el primer trazo sobre la blanca pared, el gran lienzo. El color, era el carmesí más hermoso que vi en mi vida. Me llamaba por los ojos, me hipnotizaba con su olor. Puso el pincel entre mis manos y me pidió que continuara. Me negué. Me beso y puso un poco de su color en mi nariz. El olor me volvió loca. Una y otra vez tome los materiales que necesi-taba de él. El no se asustó, no lloró, no gritó, no se orinó encima. Sonrió. Incluso ahora, que el cuadro esta terminado, el sonríe.
Con la poca tinta que me queda firmo el cuadro y le pongo un nombre: Te Amo.









